El poder de la oratoria: los más famosos discursos históricos.

Publicado por Marta Angulo

«Aquel que tenga a la palabra como un arma será el más fuerte, solo hay que saber como utilizarla». En el siglo IV antes de Cristo, Demóstenes, un filósofo ateniense, se metía piedras en la boca para preparar sus discursos. Consiguió acabar con su tartamudez. La Segunda Guerra Mundial provocó que personajes como Winston Churchill, al que debemos la expresión «Sangre, sudor y lágrimas», o Franklin Delano Roosevelt, quien nos explicó que «A lo que hay que tener miedo es al mismo miedo», nos convenciesen con su oratoria. Y Charles De Gaulle haciendo el llamamiento a la resistencia contra Alemania. No podemos olvidarnos de otro de los grandes oradores de la Historia —y quizás el más polémico—, Adolf Hitler. En sus discursos prevalecen los términos bélicos, la sangre, la victoria, la raza, y cada palabra la expresa con más fuerza que la anterior. Dicen que Hitler pasaba horas y horas frente al espejo para ensayar sus arengas. Y qué decir de Eva Perón. El cáncer atroz que padecía en aquel momento y que le acabó provocando la muerte no evitó que desde los balcones de la Casa de Gobierno, envuelta en una figura delgada y frágil, hablase por última vez a sus «Queridos descamisados». Aquel sería su último '17 de Octubre'. Grandiosa es la frase que utiliza John F. Kennedy en su toma de posesión como presidente de los Estados Unidos: «No os preguntéis qué puede hacer vuestro país por vosotros, sino que podéis hacer vosotros por él». Una de las más representativas de la Historia, el 28 de agosto de 1963, cuando Martin Luther King dijo: «Tengo un sueño». Una muy reciente y de enorme poder mediático, «Yes we can», de Obama. Y aquí en España, ¿quiénes dicen los expertos que han sido los mejores oradores? Gana de largo Francisco Franco, y si pensamos en mujeres, La Pasionaria. Si nos acercamos en el tiempo tenemos a Adolfo Suárez, quien dejó boquiabierta a media España cuando en televisión anunció por sorpresa su dimisión —«No me voy por cansancio, me voy porque las palabras ya no parecen ser suficientes»—, o a S.M. El Rey Don Juan Carlos, resolviendo el 23-F vestido de Capitán General de los Ejércitos. Entiéndase la grandeza de los discursos por la magnitud de sus logros o fracasos; por su calidad poética, semántica, etc.; o por su trascendencia para la Historia, no por juicios morales o éticos.

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